sábado, 26 de julio de 2014

Tomate rosa, falso carpaccio (T)


No sé si os habéis enterado de que me gusta el tomate, no, no me gusta, me requetegusta. Y no sólo a mí, a toda mi familia; cualquiera que nos ve comer tomate, queda alucinado: a mordisco limpio, a mordisco limpio y con sal,  con mucho aceite de oliva y sal, sin nada más. Lo que también les asombra es que las ensaladas no son de un tamaño normal y de que en un plis-plas, desaparecen de la mesa. Imagino que piensan cómo podemos comer tanto tomate de una sentada. Y si a eso le añadimos, que si hay confianza, no nos cortamos en mojar pan en el aceite que queda cuando el tomate ya ha sucumbido a nuestra “gula tomatera”, pues no hacen falta más comentarios.
Y también os puedo asegurar que quien viene a comer a casa más de una vez, acaba abducido por nuestra adicción a una buena ensalada de tomate, aceite y sal.
Recuerdo que siendo muy jovencita en verano, cuando estábamos en la casa de campo, siempre se invitaba a comer un vecino de otra casa que estaba muy cerca de la nuestra. Roberto, que era como se llamaba era un señor mayor y que no sabía hacer prácticamente nada más que encender “tracas” y  hogueras con el peligro de que se le quemara su casa, el pinar y todo lo que le rodeaba.
Roberto era de mi pueblo, pero vivía en Valencia y le encantaba venir a su “caseta” siempre que podía. Lo mejor que tenía en su vida era su mujer, Teresa, ella sí que valía para todo.
Recuerdo que llamaba a mi padre para que le solucionara cualquier cosa, incluso, hacer una maniobra para salir de su casa en el coche. Su mujer, con cuatro hijos, tuvo que ingeniárselas para sacar a su familia adelante ya que su Roberto, no valía para trabajar en nada. Ella sola montó su propio negocio de confección de ropa interior, tan sólo comprando un sujetador, descosiéndolo, sacando unos patrones y a partir de ahí, empezar a coserlos como churros. Ella sola consiguió que sus tres hijos mayores fueran a la Universidad y que el pequeño siguiera el negocio que inició.
Cada verano y cada fiesta, tanto Roberto como Teresa, se venían a la casa del pueblo y pasábamos con ellos muchas horas de risas y cháchara.
Cuando tuve que irme a Valencia a estudiar en la Universidad, Teresa tuvo claro que su casa era mi casa y pasé con ellos los dos primeros años de carrera de los que os podría contar mil historias.
Y vosotros os preguntaréis qué relación tiene esta historia con el tomate. Os he hablado un poquito de Roberto tan sólo para contaros una anécdota, de entre las muchas que tengo de él, tantas, que hasta el día de su funeral, su hijo pequeño, nos regaló una larga lista de ellas, como homenaje a su padre. Todo el mundo reía emocionado, porque eran “historias para no dormir”, pero de lo más cómicas y que yo ya conocía de antemano.
Un verano. Roberto, como siempre, se había invitado a comer. No había nadie de su familia, pero estaba con él un amigo suyo. Cuando venía a nuestra casa a comer traía su bota de vino y poco más y si queríamos, podíamos jugar con el al “chamelo” (dominó) durante horas. Si era verano, nos invitaba a coger higos de su fabulosa higuera. Nos contó que mientras se acercaban a nuestra casa él y su amigo, le dijo:
-  “Ja voràs quina ansalà de tomata fa Mª Luisa, és enorme i com el descuides, ni la tastes” (ya verás qué ensalada de tomate hace Mª Luisa, es enorme y como te descuides, ni la pruebas).
Pues su gozo en un pozo, cuando llegaron y se sentaron a la mesa ese día, no había ensalada.
- “Xe” - dijo Roberto- no m’ho puc creure”. No se lo podía creer, pero así fue, aquel día, los tomates, brillaron por su ausencia. Mª Luisa, mi madre, ese día no la preparó y eso era raro, raro.
Y esos tomates, los de mi infancia y mi adolescencia, eran los maravillosos tomates rosa. Recuerdo a mi padre plantar unas matas y guardar las semillas para el año siguiente. Piel fina, sabor dulce y carne tersa. Mi madre siempre los pelaba y a mí también me gustaban así.
Ahora que no vivo allí, no los encuentro fácilmente, pero el otro día tuve la suerte de verlos en una verdulería sin esperarlo. A precio de oro, sí, pero ni lo dudé y me llevé dos kilos. Quedo a la espera de ir a mi pueblo para que mi hermana me consiga unos buenos tomates rosa recién cogidos de la mata
Investigando un poco, he descubierto que el tomate rosa no sólo se cultiva en mi pueblo, Ontinyent, también es muy conocido el de Altea y el de Barbastro, en El Somontano en Huesca, entre otros lugares.
Los antioxidantes naturales (vitamina C, carotenoides y polifenoles) están presenten en los tomates y está demostrado que su consumo ayuda a la salud, ya que contribuyen a prevenir patologías como el cáncer y las enfermedades cardiovasculares, y son también un aliado contra el envejecimiento.

El tomate rosa es un fruto grande de color rosado, con una piel fina, aromático, carnoso, compacto, dulzón, con poca acidez y escasas semillas. Además de las características organolépticas que lo distinguen de otras variedades.
Mientras espero a volver a tener estos maravillosos tomates, os presento esta receta sencilla y llena de sabor. Una forma de comer tomate diferente, una receta fresca, ligera, veraniega y muy saludable. Ideal para cualquier persona a dieta o simplemente para los enamorados de los tomates como yo. Y sólo yo me comí este falso carpaccio de tomate rosa que espero os guste.

Ingredientes 1 persona

- 1 tomate grande o 2 medianos
- sal (a gusto, yo no le he puesto)
- pimienta (a gusto, yo le he puesto blanca pero podéis elegir la que más os guste)
- zumo de medio limón
- 1 cucharadita de ajo en polvo
- albahaca fresca picada (a gusto)
- un buen chorro de aceite de oliva virgen extra


Preparación

- Cortar los tomates en láminas lo más finas posibles. Yo además les he quitado la piel.

- Ir colocando el tomate en un plato dándole la forma deseada.
- Espolvorear el ajo, la sal y la pimienta.
- Exprimir el limón y rociar el tomate con el zumo.
- Picar la albahaca y espolvorearla por encima.
- Tapar con papel film y reservar en la nevera hasta la hora de servir. Tal y como veis en las fotos (9 horas después, el tomate se conserva perfectamente).
- Antes de servir, rociar con el aceite de oliva.
El tomate preparado y antes de guardarlo en la nevera, en la primera foto con el aceite y tras 9 h de maceración
Como veis, no se nota la diferencia
Notas:
- Si lo queréis preparar, es lógico que no se pueden meter en la nevera todos los platos de los comensales. En ese caso, colocar el tomate ya sazonado en un recipiente con tapa; hacerlo con mucho cuidado para que no se rompa. Cuando se vaya a servir, montar los platos también con cuidado, rociando cada uno con el aceite al final.
- Podéis sustituir la albahaca por perejil freso u otras hierbas a vuestro gusto.
- Es importante prepararlo con antelación para que el tomate se impregne del aliño. Tal y como os he indicado, este plato lo preparé a las 10 de la mañana para tomarlo para la cena. Las fotos con el aceite, las hice a las 7 de la tarde. Lo único que se percibe, es que el tomate ha soltado algo de agua que se mezcla con el aceite, pero su aspecto es inmejorable.
- Comprobé que no tenía pimienta molida negra, ni molinillo, así que le puse un poco de pimienta blanca, por eso no se aprecia en las fotos. También olvidé poner la sal en la foto y eso es de lo más normal porque hace tantos años que no la tomo.
Bon profit!



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